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Elena Poniatowska o la ética como norma Recuerdos de un emotivo encuentro en Chimalistac

Dr. Miguel Polaino-Orts

Universidad de Sevilla

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Doña Elena Poniatowska vive en un barrio -colonia le llaman en México- de bello nombre prehispánico: Chimalistac, al sur de la Ciudad de México, en los confines de las Delegaciones Álvaro Obregón y Coyoacán, lugares tan llenos de resonancias artísticas y literarias. Chimalistac, topónimo de origen náhuatl, significa “Lugar del escudo blanco”. Pero en este lugar reina tanta paz y tanto sosiego que no se requiere escudo de ninguna clase ni de ningún color sino -todo lo más- una bandera blanca acorde a la armonía y a la belleza de este enclave tan peculiar. Chimalistac se erige a espaldas de dos o tres avenidas bien bulliciosas de tráfico, de gentes, de comercios, entre ellos librerías de viejo y de nuevo (Gandhi, Fondo de Cultura). En mis andanzas bibliográficas, en mis idas y venidas por las librerías mexicanas, mil veces he trasegado por las avenidas Miguel Ángel de Quevedo y Universidad, a la busca de bellas y raras primeras ediciones de los escritores patrios o de los exiliados españoles que aquí hicieron patria. Mil veces, ya digo, he comprado a espaldas de Chimalistac, en las intersecciones bulliciosas de esas dos avenidas, libros de Cernuda, Prados, Alberti, León Felipe, Bergamín, Aub o Juan Rejano, rescatando con ello parte del alma que se esfumó de su patria natal para siempre por culpa del maldito exilio de estos grandes poetas españoles transterrados. Pero cómo me iba a imaginar que a dos calles de ahí se escondía un remanso de paz, un barrio prehispánico congelado en el tiempo, un conjunto enmarañado de “callejones, callejuelas, jardines, conjuntos religiosos, paseos, casas”, un “conjunto urbano-arquitectónico” de belleza singular que, en fecha no lejana (28 de noviembre de 2012) fue declarado patrimonio cultural tangible e intangible, confiriendo de ese modo un carácter oficial a lo que ya lo tenía de todos los otros modos posibles.

 

Chimalistac es un lugar entre lo milagroso y lo literario. La plaza -bellísima- donde vive Doña Elena, antigua plaza de San Sebastián, lleva desde 1923 el nombre de un destacado escritor, político y humanista mexicano del último tercio del XIX y del primero del XX: Federico Gamboa, autor de una obra literaria -su obra más celebrada- llamada Santa, aparecida a principios de siglo, en 1904. En la plaza se erige un pequeño templito barroco de delicada belleza, la Capilla de San Sebastián Mártir, construido por los dominicos a fines del Siglo XVI. A un lado de la capilla, un lápida de piedra recuerda al conocido polígrafo: “Federico Gamboa / quien con muy noble / y alto ingenio / dio vida / en Santa / fundiéndolas / a la poesía de / Chimalistac / y a las miserias / de la Gran Ciudad / Su nombre perdura / en esta plaza”. La novela transcurre, en efecto, en estas calles de Chimalistac y dos de ellas, a espaldas y al lateral izquierdo del templo, fueron bautizadas, en homenaje a su autor, con los nombres de dos personas principales de la obra: Santa y Callejón del Hipo. (Uno se imagina la naturalidad de que Doña Elena Poniatowska sea vecina ilustre de esta zona: un espíritu tan literario, tan pacífico, tan lleno de santidad, como el de Doña Elena no podía vivir en ningún otro sitio del mundo). Aquí también vivió el escritor Tito Monterroso, con su esposa la también escritora Bárbara Jacobs. Y en la casa contigua a la de Doña Elena, haciendo esquina, vivió un tiempo Gonzalo, hijo de Gabo García Márquez, que frecuentaba por eso Chimalistac y que conocía a la perfección los recovecos de estas callejuelas enigmáticas y laberínticas. La última vez que Gabo visitó Chimalistac fue en noviembre de 2013. No se bajó de la camioneta que lo llevaba. Su chofer, Genovevo, llamó al timbre de la casa de Doña Elena, que ese día acababa de ganar el Premio Cervantes. El señor la esperaba. Se bajó la ventanilla y se oyó de sus labios una palabra: “Elena”. Las manos de Gabo le tendieron un ramo de rosas amarillas primorosamente seleccionadas por la Gaba. Un enjambre de mariposas, también amarillas, revoloteaban por el vehículo. Gabo moriría cinco meses después, pocos días antes de que Elena -“no de Troya sino de mi corazón”, como le escribió Gabo en la dedicatoria de un libro suyo- recogiera su Premio Cervantes, en cuyo discurso rememoraría con cariño y gratitud a su amigo Gabo.

 

Llamo a Doña Elena por teléfono, cuyo número me había facilitado, días antes, con su habitual diligencia, Raúl García Víquez, penalista y periodista. Me atienden atentamente y una voz amiga me indica que Doña Elena está ocupada, en la quinta entrevista del día, y que llame más tarde. Llamo más tarde y Doña Elena, lejos de estar cansada después de cinco entrevistas en un día, se muestra dulce y locuaz, atenta y curiosa. Le sorprende a Doña Elena que un penalista español la llame por teléfono y quiera visitarla para hacerle (ya es casualidad) una entrevista literaria. Me cita en su casa de Chimalistac unos días más tarde, un domingo por la mañana en un día luminoso y pletórico del verano mexicano. Me acompañan María Eloísa Quintero, penalista y lectora, compañera de los años de Bonn en que leíamos a Goethe y a Heine, a Lorca, a Borges… y a Elena Poniatowska; Estelí Martínez Consuegra, también profesora de Derecho penal, estudiosa de la criminalidad organizada y especialmente preocupada por la deriva violenta de la Sociedad mexicana. Y Raúl García Víquez, que ya había coincidido con Doña Elena en Chiapas, a la sombra de las comunidades indígenas, donde Raúl daba clases desinteresadamente a niños que no hablaban castellano.

 

Nos recibe -cariñosa, dulce, maternal- Doña Elena. Es domingo y no vino el servicio. Doña Elena luce ropa cómoda de andar por casa y nos recibe, en efecto, como si fuéramos conocidos de toda la vida. Nos muestra el jardín, recoleto, la biblioteca, la salita repleta de retratos y recuerdos. Junto a su dueña, Shadow, un labrador negro enorme que Doña Elena heredó de su hijo Felipe. Y, merodeando -curiosos y expectantes- dos gatos, Monsi y Váis, así llamados en homenaje al gran escritor, gran gatuno y gran amigo de Doña Elena, Carlos Monsiváis, fallecido hace algunos años. En un sofá bajito de su sala de estar, resalta la sonrisa juvenil de Doña Elena. Y comenzamos la plática, amena, íntima, deliciosa. De entrada, le muestro un ejemplar de la primera edición de Lilus Kikus, su primer libro, de cuentos, aparecido en 1954, hace más de sesenta años, cuanto su autora tenía 22 años. Ha pasado toda una vida. Doña Elena se sorprende, toma el libro con primor y se emociona.

 

– (Elena Poniatowska: E.P.): ¿Pero dónde lo consiguió? Hace muchos años que no lo veía…

– (Miguel Polaino-Orts: M.P-O.): Lo conseguí aquí en México. Uno de mis libreros anticuarios amigos me lo procuró. Una verdadera joya. Una tirada limitada de 700 ejemplares.

Doña Elena ve el precio, a lápiz, en la primera página y se sorprende.

– (E.P.): ¿Mil quinientos pesos? ¡Qué barbaridad! Antes valía como veinte… Qué bueno que lo consiguió. La tirada oficial fue de 700 ejemplares, como Vd. dice, pero yo creo que fueron menos. Esta viñeta de la portada, estos honguitos, yo los pinté a mano, con témpera. Y no recuerdo que pintara tantos ejemplares… ¿Y ese otro libro que tiene ahí?

– (M.P-O.): Esta es la primera de su libro Todo empezó en domingo, de 1963, con ilustraciones de Alberto Beltrán, el gran artista de Tepito. Este ejemplar tiene una dedicatoria autógrafa de él…

– (E.P.): Permítame que lo vea. Qué bonito. Beltrán fue un extraordinario dibujante. Qué recuerdos. Luego se lo firmo yo, y así lo conserva con mi firma junto a la suya.

– (M.P-O.): Un placer. Doña Elena, ya que hemos comenzado con sus primeros libros, podríamos remontarnos también a sus antecedentes familiares. Vd. nació en París de familia de sangre mexicana, real y polaca. Estudió en EE.UU. Es el prototipo de mujer cosmopolita, políglota y universal y, sin embargo, se ha confesado más mexicana que el mole. Y ha elegido siempre el español en su obra. ¿No le ha tentado escribir en otro idioma, polaco, inglés, francés? No sería raro eso porque aprendió primero francés, por su abuelo…

– (E.P.): Mi madre era mexicana pero mi padre era francés de origen polaco. Y eso de sangre real, es verdad, porque en el Siglo XVIII el último Rey de Polonia fue Estanislao Augusto Poniatowski, antepasado mío. Yo crecí en la lengua francesa. Hasta los diez años yo ni tan siquiera sabía que mi mamá era mexicana. Ella había nacido en Francia, como su abuela, era de las familias que se fueron con Porfirio Díaz, ellos tenían haciendas y odiaban la Revolución. Escribo, en efecto, en castellano. Pero muchas veces busco mis palabras en francés y en inglés. El inglés lo aprendí aquí en México y luego en un convento de monjas donde me enseñaron también a persignarme y a pedir perdón por mis pecados… Ahí ya tenía yo quince años. Obras literarias he escrito solo en castellano, aunque en el convento de monjas sólo escribía en inglés.

– (M.P-O.): Doña Elena, Vd. se ha caracterizado en su obra por explorar registros muy diferentes. Empezó por los cuentos de Lilus Kikus, de temática infantil, pero luego ha escrito novelas breves, narraciones, ensayos críticos, artísticos y literarios, crónicas periodísticas, mundanas y de Sociedad, novelas largas, teatro, poesía… Este amplísimo registro literario ¿se debe a su curiosidad por el mundo que le lleva a expresarse de maneras diversas?

– (E.P.): Sí, se debe a que yo estaba ejerciendo un oficio, el del periodismo, donde me inicié muy joven en el periódico Excélsior y desde entonces escribí de todo, todo me interesaba y sigo escribiendo de todo… y así hasta que me muera, eso espero, aunque ¡toquemos madera!

– (M.P-O.): Doña Elena, algo que es reconocido universalmente es que su obra no sólo es estéticamente bella sino que es un ejemplo de compromiso moral, una actitud ética en relación a muchos problemas sociales. En ese sentido, Vd. le da voz a los que no tienen voz. Ejemplo paradigmático es, a este respecto, su obra Las noches de Tlatelolco, unas crónicas a modo de testimonios de historia oral, como Vd. los llama, sobre la tristemente célebre matanza de estudiantes, sobre todo de estudiantes, en la Plaza de las Tres Culturas, en Ciudad de México, el 2 de octubre de 1968, o más recientemente su alocución en el Zócalo con motivo de la desaparición y asesinato de los 43 jóvenes de Ayotzinapa. Pero a veces será difícil compatibilizar la creación literaria, estética, con ese compromiso moral…

– (E.P.): Bueno, yo no hago una diferencia entre una cosa y otra. Lo primero, yo soy, ante todo, periodista, desde 1953, y al ser periodista me preocupo por las cosas que suceden en mi país. Y a raíz de esa preocupación vinieron otras. Tuve hijos, y un hermano joven, Jan, mucho más joven que yo (le llevaba 14 años), que murió en un accidente. Jan nació aquí en México, en 1947, después de que mi padre regresara terminada la Segunda Guerra Mundial. Yo me trasladé, a los diez años, a México, con mi madre, mi hermana Sofía y mi abuela mexicana, que también se llamaba Elena. Mi padre se había quedado combatiendo en la Guerra. Recuerdo que mi hermana y yo queríamos un hermano. Todo el tiempo se lo decíamos a mi mamá y ella nos decía: “niñas, no puede ser, papá está en la Guerra” y nosotras: “no importa, no importa, tú dale la sorpresa…”. Bueno, pues él ya llegó, tuvimos un hermano, había una diferencia de edad enorme, yo lo consideraba a él un poco a un hijo. Todo eso acentúa también la preocupación por los problemas. A partir de entonces, mucho antes del 68, en México yo trabajaba en el periódico Excélsior, en el que no se tenía que dar una mala imagen de México al extranjero, sobre todo a los Estados Unidos. Había secciones de “notas rojas”, se hablaba de crímenes, de que alguien ahorcó a su mujer o de que una mujer apuñaló a su esposo, pero no se hablaba de la pobreza ni de la miseria ni de las lacras ni de los malos gobernantes, que ya los había desde entonces. Y luego se fue abriendo un poco mi interés, porque en el periódico pasé de una sección muy ridícula llamada “Sociales”, algo que tenía que ver con la Cuba de Baptista, donde toda la gente pone a sus hijas así como si fueran un kilo de jamón, a ver si se pueden casar con un buen partido, y entonces gracias a Dios pasé a la sección política donde ya puede hacer reportajes que, luego, parte de ellos, los más amables, aparecieron también en el libro que antes comentamos, Todo empezó en domingo, con las ilustraciones de Alberto Beltrán.

– (M.P-O.): En ese libro hace Vd. un recorrido lleno de encanto costumbrista por muchos sitios de la Ciudad de México y del país, Chapultepec, Xochimilco, La Alameda… un retablo muy interesante del México de la época.

– (E.P.): Con ello tuve la finalidad de enterar, de hacer saber qué hacen los domingo las gentes más pobres, algunos incluso solo pueden salir a la calle, al camellón, a ver pasar los automóviles porque no tienen dinero para hacer otra cosa.

– (M.P-O.): Ha rememorado Vd. su labor en el periódico Excélsior, donde creo que además hizo Vd. 365 entrevistas consecutivas…

– (E.P.): Así es, a lo largo de un año… yo estaba muy joven, ganaba menos que la cocinera de mi casa porque todo se me iba en el autobús de un lado para otro.

– (M.P-O.): Algunas entrevistas de sus primeros años se publicaron en su libro Palabras cruzadas, en 1961, por ejemplo, las que tuvo con Alfonso Reyes, Lázaro Cárdenas, Siqueiros, Luis Buñuel…, figuras de primera línea. Vd. decía, por cierto, que no preparaba sus entrevistas, que eran espontáneas.

– (E.P.): Así es, eso pretendí siempre. Yo venía de un convento de monjas, y yo no sabía nada de mi país, porque con el apego a Francia lo cierto es que de México no sabía nada, nada e iba aprendiendo día a día de manera espontánea. (Doña Elena hojea la edición más reciente de Palabras cruzadas, donde se publican otras entrevistas más modernas y añade jocosamente): Pero este libro está un poco horrible porque los editores pusieron una foto muy solemne de cada persona, en vez de jugar, de poner caricaturas… a mí no me gustó este libro; además tiene cantidad de erratas que yo no hice… pero bueno, tampoco hay que releer mucho lo que uno hizo…

– (M.P-O.): Doña Elena ¿cuándo pasó Vd. de las entrevistas, del periodismo a la Literatura propiamente dicha y al ambiente literario? Creo que el primer escritor a quien conoció y trató fue Carlos Fuentes…

– (E.P.): Realmente fue simultáneo. A Carlos Fuentes yo lo conocí bailando, por cierto que bailaba muy mal, daba muchos pisotones… aunque luego ya bailaba con mucho hilacho. Carlos entonces era muy joven y muy simpático. Entonces no era aun escritor pero tenía mucha idea de que iba a serlo, se fijaba mucho en todo lo que decía la gente, se sentaba al lado de las mamás de las novias casaderas y las cortejaba, y tenía muchísima información sobre México, ya estaba trabajando para esa novela excelente que fue La región más transparente. Entonces nos veíamos en los bailes, en esa época las Embajadas daban muchos bailes y supongo que tenían una lista de jóvenes que irían con mucho gusto. Estaba, por ejemplo, uno llamado Pérez Prado, el del Mambo. Y Carlos Fuentes siempre cantaba “tú sabes que yo soy / el más caracachimba / yo soy…”, realmente sabía muchas canciones y cantaba mucho, cosas de taxistas y muchas más.

– (M.P-O.): Y luego ya conoció Vd. a Octavio Paz, a Juan Rulfo, a Gabo…

– (E.P.): Sí, sí. Fuentes era un gran adorador de Octavio Paz. Y una de las primeras fiestas que le dieron a Octavio Paz en México, cuando él regresó de España, fue en casa de Carlos Fuentes, en ausencia de sus papás, en la calle de Tíber núm. 10, cuando sus papás no estaban en México Carlos celebraba fiestas, con vinos y cocteles.

– (M.P-O.): A propósito de esto que comenta Vd. de estas fiestas, me ha recordado que en algún fragmento de su obra habla Vd. de un familiar suyo, Raoulito, y de su esposa Carito, que creo recordar que era tía suya, que en una fiesta que celebraron en su casa incitaron a Cantinflas y éste sacó a bailar a su madre de Vd., Doña Elena.

– (E.P.): Sí, ellos eran amigos de Cantinflas, y esa vez invitaron a mi mamá, que por cierto era guapísima. Mira, para qué vea qué guapa (y nos muestra Doña Elena, en efecto, un retrato enmarcado de su madre que muestra su esplendorosa belleza). A mi mamá la llevaron a un baile y Cantinflas, como era muy guapa, la sacó a bailar. Cantinflas bailaba igual que en las películas, haciendo payasadas… La fiesta que comenté antes, la de Carlos Fuentes, era de disfraces. Yo fui con una amiga y me disfracé de gatita. Yo trabajaba entonces ya en el periódico, y ella me prestó las dos orejas de gatita y me dijo que me echara talco en el pelo para blanquearlo y que me pegara con pasadores las orejas y esa era mi único disfraz. Y me dio mucho gusto porque fui la primera, gané el concurso de disfraces. Le gané a una actriz, Miroslava Serna, que era medio polaca. Esta actriz, que luego se terminaría suicidando, se enamoró perdidamente de un torero español, Luis Miguel Dominguín, el papá de Miguel Bosé, aunque entonces era más importante el papá. Miroslava era muy guapa, pero en el disfraz creo que se puso sólo una corona de rosas en la cabeza y eso no era un disfraz. Yo me puse hasta bigote blanco.

– (M.P-O.): Ha salido a relucir, ya, el nombre de Gabo. Sé que Vd. estaba presente cuando la pelea con Mario Vargas Llosa, en el Palacio de Bellas Artes. ¿Recuerda aquello? ¿Siguió teniendo relación con Gabo y la tiene ahora con Mario?

– (E.P.): Sí, sí. Gabo fue mi amigo y yo lo admiré muchísimo. También a la Gaba, pero él era muy destacado y brillante. Ha sido maestro en muchas cosas. Estaba con Gabo cuando llegó Mario Vargas Llosa. Fue en el Palacio de Bellas Artes y ese dia daba el pase privado de estreno de una película documental sobre el accidente de avión en los Andes y los supervivientes que se alimentaron de fallecidos. Gabo le abrió los brazos para saludarlo, y Mario le dio con el puñete en la cara y lo tiró al piso. Tuvieron que traer un filete congelado de una hamburguesería cercana y se lo colocamos a Gabo en el rostro, para evitar la inflamación. Con Mario he tenido y tengo una relación correcta y formal. Si nos vemos, nos saludamos educadamente. Pero no es propiamente amigo como lo fue Gabo. Con Mario nos separa la cuestión política, aunque sea un gran escritor.

– (M.P-O.): Doña Elena, ha mencionado Vd. antes a Luis Buñuel, que en España ha sido y sigue siendo una gran personalidad aunque vivió muchos años aquí en México. ¿Es verdad que Vd. fue su amor platónico?

– (E.P.): Sí, sí. Él me hizo una dedicatoria en una postal de un cuadro que le pintó Moreno Villa, donde decía: “Para Elena Poniatowska, mi amor platónico”. Pero lo dejé en el sol, aquí es tan fuerte que se me borró. Él me decía también “la muchacha de la leña”, porque su casa, que ahora es un museo, era helada y entonces yo le llevaba leña. Y, además, nos hicimos amigos porque juntos fuimos a la cárcel en cuatro ocasiones a ver a Álvaro Mutis, que era su amigo. Yo escribí toda esa historia. Y su mujer, Jeanne Buñuel, era gimnasta, y servía la comida y la cena (pronto, porque Luis se acostaba a las 7 de la noche), así como danzando, como bailarina, muy artísticamente. Era muy bonito.

– (M.P-O.): También Luis Buñuel había sido gimnasta de joven y ganado competiciones… En esa visita a Lecumberri, a la cárcel, creo que a Buñuel le interesó mucho un episodio con unos presos que eran homosexuales.

– (E.P.): A Luis le interesaba todo, en todo se fijaba. Le llamaban mucho la atención las ratas, ¿sabe cuántas ratas había allí…? Le interesaba todo. Pero le interesó mucho que a un pobrecito que no se quiso desmaquillar le lavaron la cara con un ladrillo, y estaba todo ensangrentado. Parecía película de él.

– (M.P-O.): Esta imagen de Luis Buñuel es, hasta cierto punto, inédita porque a él se le tiene, o se tienen algunas actitudes suyas, por homófobo… Eso es lo que se cuenta de su relación con Federico García Lorca, de quien había sido muy amigo en la Residencia de Estudiante de Madrid. Parece que Buñuel afeó a Federico su tendencia homosexual…

– (E.P.): Pues yo creo que se compuso, no sé, todo el mundo cambia… Pero a mí nunca me pareció homófobo. Él era muy particular. Tenía un perro que Jeanne sacaba a caminar como cuatro veces al día, como yo ahora con Shadow. Y luego siempre que le iba a ver, le interesar mucho ir a una gran tienda que estaba muy cerca de su casa a ver ratines hámster. Le gustaba ver qué hacía este ratón, cómo jugaba con este otro, cómo comía el otro, era algo así como si quisiera diferenciarlos. Era muy encantador, un hombre bueno y tierno. Tenía también una colección de armas en su recámara, un ropero con repisas con distintas armas, y su cama, su lecho, era como muy humildito, como franciscano. Y además algo interesante, que se sabe poco -lo sabe su sacerdote, el Padre Julián Pablo- es que sus cenizas de Buñuel están enterradas aquí en México en una iglesia de los dominicos, debajo del altar, de manera que todos los días se dice misa encima de las cenizas de Buñuel.

– (M.P-O.): Doña Elena, Vd. fue casada con un astrofísico famoso, Guillermo Haro, que ha sido trasunto o protagonista de varias de sus novelas. Pero a mí me parece particularmente emotivo es que su esposo recordara con frecuencia en sus últimos años las Coplas a la muerte de su padre Don Rodrigo de Jorge Manrique, esto es: su actitud ante la muerte.

– (E.P.): Sí, así es, así fue. “Como se viene la muerte / tan callando”. Bellísimos poemas esos.

– (M.P-O.): Vd. ganó, Doña Elena, en el año 2013, el Premio Miguel Cervantes de Literatura, el más relevante premio de la Literatura española. Fue el quinto premio para México y el cuarto para una escritora mujer, en treinta y tantos años.

– (E.P.): Sí, la quinta porque antes lo ganaron Octavio Paz, Fuentes, Pitol y José Emilio Pacheco. Qué bueno que se lo ganó José Emilio. Cuando él fue ya andaba delicado, con bastón… Fui además la única mujer que se pudo trepar allí arriba al podio, porque es que le dan el premio a gente que ya no puede casi ni respirar, en su último suspiro. Antes se lo habían concedido a María Zambrano, que no fue a recogerlo. También a la escritora cubana Dulce María Loynaz, muy mayor, y a la española Ana María Matute, pero ella se quedó en silla de ruedas en el piso. Yo fui asustadísima porque José Emilio me dijo: “¡es muy difícil subir, no te vayas a caer, más importante que el discurso es no caerse…!”. No era tan difícil.

– (M.P-O.): ¿Qué recuerdos tiene de esos días?

– (E.P.): Muy bonitos porque yo llevé diez niños, todos mis nietos menos uno. Era una ceremonia en general con gente mayor, viejita. Y llegué yo con tantos niños, que revolucionaron todo. Una muy simpática, que se llama Carmen, le preguntó al Rey Don Juan Carlos: “¿por qué no traes tu corona?”. Y el Rey le dijo: “Aquí la traigo doblada en el bolsillo”. Y él no soltaba a la niña, la atendía mucho. Era muy poco antes de que abdicara, ya sabían muy bien que se iban a ir, y yo creo que sentían como que los niños eran inocentes, no les agredían… Y luego la niña le preguntó: “¿Y es bueno ser Rey?”. Y él respondió, haciendo un gesto con la mano: “A veces, a veces”. Y la Reina le decía: “Juanelo, ven por aquí, por allá”. Y él se lanzaba por donde fuera… Yo creo que fue más alegre, en general una ceremonia como más alegre, se desensolemnizó, yo creo que es bueno que así haya sido. Yo les oía que se reían. También en la comida, aunque ahí no fueron los niños. Y Letizia no comía nada… comió cuatro uvas mientras nosotros comimos un pastel grandísimo de chocolate donde el chocolate salía por todos lados…

– (M.P.-O): ¿Sigue Vd. la realidad española, la realidad europea?

– (E.P.): Sí, sí, yo tengo mucha simpatía por Podemos, no sé Vd., y tengo amigas escritoras, como Rosa Montero, también conozco a Almudena Grandes, la que más me gusta, la que más me interesa es Elvira Lindo, la mujer de Muñoz Molina, a los dos los conozco. Y conozco a otros escritores de España. Desde luego, conozco a Juan Goytisolo, porque vino muchísimo a México, fue íntimo amigo de Carlos Fuentes.

– (M.P.-O): Fue su sucesor en el Premio.

– (E.P.): Fue mi sucesor, sí, e hizo un discurso extraordinario que no creo que les haya gustado nada…

– (M.P.-O): Crítico y lúcido como es él.

– (E.P.): Sí, qué bueno.

– (M.P.-O): Vd. formó parte del jurado que le concedió el premio.

– (E.P.): Sí, claro, como premiada el año precedente. Qué bueno.

– (M.P.-O): ¿Sigue otros problemas europeos actuales, por ejemplo, la complicada situación en Grecia?

– (E.P.): Lo de Grecia nos tiene a todos aterrados. También la situación de México es malísima. Lo que me da mucho orgullo y mucho gusto es la situación de Polonia ahora. Es uno de los países a los que mejor le va de toda Europa. Y como algo de polaca tengo pues es una alegría.

– (M.P.-O): México fue un país extraordinariamente generoso con los españoles transterrados después de nuestra Guerra Civil…

– (E.P.): Bueno, no México, sino el General Lázaro Cárdenas personalmente. México es a veces espacial. También cuando vinieron los chilenos, en la época de Luis Echevarría, muchos decían que venían a quitarnos el trabajo. En el caso de Lázaro Cárdenas, el que vinieran todos los republicanos españoles después de la Guerra sí fue un acto personal, definitivo y decisivo de Lázaro Cárdenas y una maravilla para México porque México subió de inmediato con la presencia de los españoles, que hicieron escuelas, Ateneos, vinieron médicos, intelectuales, poetas… Yo he escrito muchísimo de los españoles que vinieron a México con una admiración, no desmedida sino con una admiración que se les debe a esas grandes figuras: María Zambrano, Adolfo Sánchez Vázquez, el propio Buñuel que Vd. mencionó, Arturo Souto, los pintores…

– (M.P.-O): ¿Y, con los escritores, tuvo Vd. también contacto? León Felipe, Max Aub, Emilio Prados, Luis Cernuda, Pedro Garfias…

– (E.P.): A Garfias, sí, porque era borrachísimo y extrovertido. A Luis Cernuda sí lo veía, porque él vivió aquí cerca, en Coyoacán, en casa de Concha Méndez, y sí lo llegué a ver varias veces. Pero a él no le gustaban las entrevistas, cuidaba mucho su físico, era guapo, y siempre estaba soleándose ahí en el jardín acostado en la toalla. Iba al cine todas las tardes, pero no le podía pedir entrevista porque estaba ocupado en asolarse y en el cine, pero sí entrevisté a Concha Méndez, a León Felipe, que era muy pobre y gritaba a su mujer: “Bertuca, Bertuca, ven, ven a ver a una rusita”. Fue una de mis primeras entrevistas la que le hice a León Felipe. Era muy buena gente. Siempre estaba mesándose la barba…

– (M.P.-O): ¿Y a Emilio Prados lo conoció? ¿Y a Moreno Villa?

– (E.P.): No, pero a Juan Rejano, sí. Y a Alberti también lo entrevisté. Rejano era director del Suplemento Cultural de El Nacional. A Moreno Villa, no, pero él le hizo ese retrato bellísimo a Buñuel. En esa época yo no sabía casi nada, bueno ni ahora tampoco… Alberti se fue a la Argentina, pero él vino a México, donde publicó La Arboleda Perdida. Él estaba distanciado de Octavio Paz, ya no estaba con María Teresa León, su mujer, sino con otra pelirroja, llamativa. Ya lo vi muy viejo.

– (M.P.-O): Doña Elena, yo le digo Jaca ¿y a Vd. qué le recuerda?

– (E.P.): Ahí estuvo preso mi padre casi dos meses. Yo tenía su cuchara de palo con la que comía, él decía que no sabía por qué se quejaban porque la comida, la sopa, era muy buena. Pero a él lo castigaron, eso ya lo he contado, pero es que Vd., al hacerme las preguntas, ya casi sabe las respuestas (risas). Sí, a mi padre lo castigaron, lo maltrataron porque en lugar de gritar “Viva Franco” gritó “Viva Salope”, en francés, lo oyó alguien y lo puso a limpiar los urinarios…

– (M.P.-O): Doña Elena, aunque ahora mi compañero Raúl García Víquez le preguntará más detenidamente sobre México, a mí me gustaría hacerle, para terminar, una pregunta general sobre México: ¿Cómo ve a México ahora? Antes dijo que la situación no era buena. ¿Qué podría salvar a México?

– (E.P.): México está de la patada. Mal en general, mal para los jóvenes a quienes en vez de ayudarles se les mata, como en Ayotzinapa. Lo veo mal. En primer lugar, lo que yo creo que puede salvarlo la educación, como a cualquier otro país, pero es un país donde la falta de oportunidades es enorme. Hay migración del mundo entero pero México, y todo el continente americano está caminando hacia los Estados Unidos, pero éste cierra las puertas y entran con mentalidad de brasero, de criados. Es terrible la situación de México. Se pensé siempre que la corrupción no importaba, se pensaba: “si hacen algo bueno, no importa que roben” pero ahora lo que hacen únicamente es robar y no hay nada bueno. Tener ahora un puesto político es una garantía de hacer fortuna.

– (M.P.-O): Frase clarividente, Doña Elena, que desgraciadamente no vale sólo para México. Muchas gracias. Todos nosotros hemos pensado siempre que Vd. tiene un encanto personal e intelectual admirable y ha sido un placer que nos reciba en su casa.

– (E.P.): Muchas gracias, qué amable es Vd. Ahora con mucho gusto tomamos un tequila. En esta casa nunca falta el tequila.

Salud, y por muchos años, Doña Elena.

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