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Articulo de portada.- La Terapia del Miedo

por: María Claudia Neira Rodas

1En una casucha vetusta y mal mantenida a las afueras de una ciudad de tamaño mediano, un hombre de cabello largo y enredado colocó un letrero de madera mal lijada en el que pintó, con letras torcidas, una inscripción que decía: “Se curan los espantos, los horrores y el mal de ojo”.

            Le tomó alrededor de una semana tener sus primeros clientes y eso le bastó para hacerse tan famoso, que hasta personas de los barrios caros de la ciudad y también gente de los pueblos cercanos empezaron a amontonarse afuera de la que él llamaba “la morada de los buenos espíritus”. Sus servicios eran variados, pero su complicada meditación guiada de introspección para curar todo tipo de miedos fue su tratamiento estrella. Éste consistía en que, después de que la persona tomara los alimentos y las bebidas recomendadas por los bondadosos espectros, el curandero guiaba a los beneficiarios de su terapia a las puertas mismas de la vida y la muerte para que regresaran recuperados.

            Según el hombre, al que empezaron a llamar “el curandero de San Jorge” por el nombre de la localidad donde atendía, su tratamiento, que consistía de dos sesiones, podía aliviar todo tipo de temores, traumas o fobias gracias a que se había ganado el favor de aquellas buenas almas a las que había ayudado personalmente para que se recuperaran de los terribles efectos de la magia negra o impedido las apariciones de espíritus malignos a los pobres inocentes gracias a sus pócimas medicinales e interminables rezos.

imag1w            Las personas que ansiaban recuperarse de los males que las aquejaban, esperaban en largas filas durante dos o tres horas para entrar a la primera sesión de los lunes, miércoles o viernes, donde relataban sus grandes temores con lujo de detalles. Los martes y los jueves estaban dedicados exclusivamente a la famosa meditación guiada que tenía una cita previa y de la que debían salir curados. El sistema de dos sesiones se justificaba porque al “curandero” le tomaba mucho tiempo comunicarse con las apariciones bondadosas por medios que él llamaba “blancos”, que contrastaban con la siniestra hechicería de aparatos demoníacos como la ouija, las bolas de cristal o las prácticas temibles como la necromancia o el espiritismo.

            La noticia de la existencia de aquel curandero milagroso llegó a Daniel Hernández, un estudiante de segundo año de la carrera de antropología social, durante su desesperada búsqueda de un tema para un trabajo de una de sus asignaturas. Una tarde escuchó a tres de sus compañeras hablar sobre aquel misterioso hombre que había podido curarle finalmente el mal de ojo a una de ellas. Daniel intervino, sin que nadie pidiera su opinión, y dijo que ese tipo de charlatanes se aprovechaban de los más pobres e ilusos al distorsionar la llamada “medicina ancestral” para cometer sus fechorías.

            Un tremendo debate surgió entre los presentes que se dividieron entre quienes estaban de acuerdo con él y los que creían en las bondades de los sanadores tradicionales y su habilidad para tratar males que la medicina moderna todavía no podía solucionar o explicar. La discusión terminó con Daniel Hernández prometiendo ir al lugar donde se encontraba el curandero, asistiendo a las sesiones, y demostrando que todo era una estafa. Luego haría su trabajo para documentar lo ocurrido.

            Empuñando una libreta de notas se dirigió al lugar indicado que, como se dijo, quedaba en las afueras de la ciudad, y llevó con él una mochila con todo lo necesario para soportar las largas horas que tendría que hacer fila, pero curiosamente se encontró con que no había nadie y el local estaba cerrado. Una mujer de una tiendita cercana, donde compró un par de cigarrillos, le explicó que los fines de semana el curandero se reponía de todos esos días de arduo y agotador trabajo. El estudiante frunció el ceño y bufó.

            –No me diga que los practicantes de magia negra también  necesitan descanso– comentó Daniel, burlón.

            –No, no–. La señora se persignó y escupió a un lado. –Él está alejado del demonio. Él es un hombre de fe. La gente que no se cura con su ayuda tiene, de seguro, un pecado mortal en su alma o son enviados del mal. Si se tuvo mal de ojo de niño y no se trató a tiempo, tampoco funciona. Una de las vecinas quiso que su hijo se haga el tratamiento, pero el curandero dijo que tuvo mal de ojo cuando tenía cinco años y que no se le trató, que por eso no le funcionaba. Ella dijo que así mismo fue y le hicieron una limpia primero.

            –Vaya, si tengo un pecado no funciona el tratamiento. A mí me suena más bien a estafa.

            –No, no, no. No diga eso. Ha curado a muchas personas. Pero debe venir el día que es, pues.

            –Sí, sí. Vi el letrero. Al parecer los espíritus también tienen horario.

            Tres días después tuvo que faltar a algunas clases para ir donde el curandero. Daniel hizo una larguísima fila durante alrededor de dos horas hasta que finalmente fue atendido por el cotizado embaucador. Tal como esperaba, el cuartucho estaba decorado con espejos, velas de colores, imágenes de santos cristianos y de personajes de otras diversas mitologías. Flotaba en el ambiente un olor que consistía en una mezcla de Palo Santo e incienso que le provocaba dolor de cabeza y picazón en la nariz.

            El estudiante de antropología social anotó todo lo que pudo: cómo lucía el lugar, qué cosas comentaban las personas que esperaban, las que salían y, desde luego, todo lo que hiciera y dijera el curandero. El sanador le exigió que le diera todos los detalles sobre su miedo para ser capaz de enfrentarse a todos los espantos o demonios que lo acosaran. Daniel sonrió con suficiencia: sin duda podría sacar unas conclusiones muy interesantes al momento de presentar su trabajo en la facultad. Pensó en los posibles títulos: “Cómo desenmascarar a un estafador” o “Medicina tradicional: ¿alternativa o estafa?”. Se daría el placer de comparar a un embustero como ése con los herbolarios que trabajaban a base de la experiencia, pero que, de todas formas, conocían de alguna manera los principios activos de las plantas medicinales.

            Como el curandero se aprovechaba del primer encuentro para obtener toda la información que necesitaba para su timo, Daniel estaba dispuesto a tenderle una trampa para desenmascararlo. Mentiría sobre su miedo de tal forma que podría probar que la meditación guiada se basaba en la aplicación de la propia psicología barata del estafador y no en los consejos de algún espíritu bondadoso. Después de su experiencia con el sanador, escribiría un artículo y lo llevaría a la prensa. ¿A cuántas personas habría robado de manera tan descarada este hombre?

            Cuando finalmente entró en el consultorio, Daniel se sintió fastidiado por el intenso olor y el humo.

            –¿Cuál es su nombre?– preguntó de inmediato el curandero sin responder al educado saludo de su cliente.

            –Daniel Hernández– respondió el joven con un ligero tono de impaciencia.

            –¿Qué le trae por aquí? ¿Hay algo que le moleste y afecte su paz interior?

            –Sí. Tengo aracnofobia– contestó el supuesto paciente con un tono de voz ligeramente más bajo de lo normal. –La aracnofobia es un miedo irracional a las arañas. Fui donde un psiquiatra pero el tratamiento no funcionó– explicó con suficiencia el muchacho.

            –¿Qué representan las arañas en su vida?

            –¿Perdón?

            –Los miedos representan los temores en la vida– le dio a conocer el sanador. –¿Qué son las arañas en su vida? ¿Reemplazan a otro miedo? ¿Miedo al fracaso? ¿O tal vez al abandono?

            –¿Mis miedos representan a mis temores?

            El muchacho tuvo que forzarse a sí mismo para que no se notara su sarcasmo ante la forma ridícula en la que el curandero intentaba parecer un elocuente intelectual.

            –Puedo sentir que hay algo o alguien que le molesta. Ese algo o ese alguien se convierte en una araña para atormentar una mente herida. Está poseído por malos hábitos y su aura no tiene un buen color. Eso influye en su actitud. Tal vez por eso hay tanta hostilidad. ¿Qué son las arañas en su vida, Daniel? ¿A qué o a quién  le tiene miedo realmente?

            2wDaniel pensó en su padre. Vinieron a su mente los recuerdos de las tantas veces en que vio su cara transformada por la rabia. También recordó los golpes  que recibió con la excusa de que debería ser más hombre. Los gritos destemplados cuando algo no se había hecho como él ordenaba. Y las borracheras, cuando pasaba de ser un hombre intratable y malhumorado a un auténtico monstruo despiadado.

            –Ya le dije, a las arañas. Es un miedo irracional. No necesito una excusa. No es como si le tuviera miedo a mis padres o algo por el estilo. No vine aquí para una pseudo-sesión de pseudo-psicología. Estoy tontamente buscando una cura mágica a mi problema real.

            –Ningún tratamiento es tonto. Todo ayuda.

            –Sí, sí, claro.

            El que el sanador hubiera percibido sus más grandes miedos, molestaba e incluso llenaba de frustración al estudiante. –¿Me va a ayudar o no?

            –Yo soy el que necesita su ayuda, Daniel. Si usted no me colabora yo no puedo curar sus males.

            –Vaya, señor curandero. Usted tiene mucha suerte. Si yo fuera mi padre, le hubiera gritado como loco exigiéndole mi dinero de vuelta. Pero yo le voy a dar una oportunidad. Si la meditación guiada sirve, no lo denunciaré por charlatán.

            –Su padre, me dice usted. ¿Le tiene miedo a su padre?

            –No más que a las arañas.

            Ambos rieron por esta salida aunque el ambiente se volvió tenso, poco después, por culpa del silencio en el que se quedaron. El estudiante de antropología social, para romper el hielo, prometió volver al siguiente día para la segunda sesión ya que, según el curandero, su caso era urgente. Daniel supuso que se había sentido intimidado por su amenaza de denunciarlo.

            Al siguiente día Daniel volvió a faltar a algunas de sus clases, pero esta vez tenía una cita programada para la meditación guiada, así que no tuvo que esperar para ser atendido. Al contemplar la exagerada decoración del consultorio del sanador no tuvo la menor duda de que estaba a punto de ser testigo de una ceremonia ridícula, una especie de mambo místico del que no obtendría más que arrepentimiento por el desperdicio de tiempo y dinero.

            –Siéntate, Daniel– le pidió el curandero sin responder otra vez al saludo de su paciente. El joven se molestó por el trato tan confianzudo de aquel hombre  estrafalario que tenía su cabello descuidadamente recogido en un peinado ridículo y, para mejorar aún la situación, la cara pintada. No respondió. Se limitó a obedecer aunque no pudo evitar mirarlo con cierta arrogancia.

            –¿Esto va a durar mucho? Tengo que regresar a la universidad pronto.

            –¡Tardará lo que tarde!– exclamó con decisión, sobresaltando a su cliente. –¡No es el momento de quejarse! ¡Estamos aquí para curarte! ¡No tengo tiempo de tonterías! ¿Quieres o no quieres curarte?

            Repentinamente acobardado, Daniel no pudo hacer nada más que responder: –S-sí.

            Una música, que al paciente le pareció hasta siniestra, se escuchó al fondo mientras el humo del incienso hizo que la nariz le picara nuevamente. Sería que el olor era demasiado intenso o, peor aún, que tenía algún tipo de alergia. Eso debía ser.

            –Vamos a traer a lo que más temes.

            –¿Arañas?– quiso saber preocupado. No tenía aracnofobia, pero la idea de enfrentarse a esos insectos desagradables no le agradaba para nada. Algo en su cabeza le corrigió en un susurro: “Las arañas no son insectos. Son arácnidos”.

            –¡No!– chilló de pronto el curandero dándole un buen susto al tenso Daniel. Entonces el hombre se levantó de prisa y se internó por un estrecho pasillo. Al regresar trajo consigo un agua de hierbas en una taza rota y una especie de panqueques que tenían un aspecto dudoso.

            El muchacho probó la infusión y la dejó a un lado: era demasiado amarga. En cambio el bocadillo tenía un sabor sorprendentemente agradable y se lo terminó con gusto y hasta un poquito de glotonería.

            –Muy bien– dijo Daniel en tono burlón y con la boca llena. –¿Cómo se supone que traerá a lo que más temo?

            –Traeremos de vuelta a tu infancia. Traeremos a tu padre.

        imag2w    Daniel sintió un hueco en el estómago. ¿Por qué su padre y no las arañas? Las palabras del curandero empezaron a resonar misteriosamente por la habitación. Le dijo que recordara su niñez, su adolescencia y la última vez que había hablado con su progenitor. El joven investigador estaba seguro de que escuchaba al fondo algún tipo de sonajero y repentinamente se sintió mareado y luego aterrado. Como se sentó en el suelo a comer, apenas pudo recostarse de lado y abrazarse las piernas hecho un ovillo. El curandero le decía que luchara contra su temor; que su padre no era más fuerte que él; que probablemente era un hombre debilitado por la edad que no sería capaz de enfrentarse a alguien con la vitalidad de sus veinte años. Le dijo que corriera, pero no para escapar de él, sino para enfrentarlo. Podía luchar contra ese hombre. Ya no era más grande que él, ya no era más fuerte que él, ya no era su mayor temor. No podía derrotarlo, golpearlo, humillarlo o hacerle daño nunca más. No obstante su padre creció transformándose en un horrendo monstruo que escupía espuma pero, conforme Daniel se acercaba, se volvió cada vez más pequeño hasta convertirse en una araña diminuta a la que con un pequeño pisotón, aplastó y finalmente aniquiló. Y, con ella, a su miedo.

            Efectivamente ya no era el niño o el adolescente que no podía responder a los ataques o que era golpeado cuando intentaba rebelarse. Era un hombre hecho y derecho, un estudiante universitario más alto y más fuerte que aquel despreciable sujeto que había torturado a su familia. Él era perfectamente capaz de defenderse. A él mismo y a su madre. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Cómo había podido sentirse más pequeño que alguien que era un fanfarrón? Ya no tenía razones para huir. Ya no tenía miedo.

            Daniel despertó de su trance y se encontró a sí mismo llorando. El curandero lo miraba con displicencia mientras se servía un brebaje en una taza de barro  diferente a del chico. La música había terminado. Estaban en completo silencio. La experiencia había sido abrumadora para el joven quien, avergonzado, se puso de pie con el intenso deseo de huir del cuartucho, de marcharse sin una palabra de despedida, pero el sanador lo detuvo con un ademán imperativo y le indicó que tomara una bolsita con hierbas. Daniel obedeció mientras balbuceaba un agradecimiento que el otro no hizo caso. Como su cliente había pagado por adelantado, el hombre no se preocupó al verlo irse, más bien la desesperación con la que partió el muchacho le hizo sonreír de lado con cierto aire de superioridad. El curandero bebió su infusión mientras meneaba la cabeza, complacido.

            Tres días estuvo el estudiante de antropología social encerrado en su habitación de la residencia universitaria donde vivía. Por primera vez, el temor y la confusión que sentía, no los había causado su padre. Estaba curado tal y como el hombre le había prometido. Pero eso, en vez de aliviarlo, lo llenó de miedos más grandes y más profundos. Todo su mundo racional se caía a pedazos a su alrededor. Su lógica le decía que, si un tratamiento se ponía en práctica y funcionaba, debía considerárselo válido. Era irónico que su racionalidad le diera la razón al ocultismo y a la brujería. Debía haber una explicación que él no era capaz de encontrar.

            Después de su encierro más o menos prolongado regresó a la universidad en un estado tal que todos sus compañeros, acostumbrados a un Daniel altanero y hablador, notaron que algo malo pasaba con él. Incluso un par de profesores le preguntaron si había sufrido algún percance en su hogar, pero él lo negaba siempre  moviendo la cabeza y prefería retirarse para no hablar del asunto. El estudiante estaba pasando por una evidente crisis depresiva y sus compañeros le recomendaron pedir ayuda, hablar con un amigo, tener una cita con un psicólogo y hasta una valiente alma le recomendó ir donde un homeópata. Hasta su novia peleó con él, porque no contestaba sus mensajes ni sus llamadas y ni siquiera eso parecía afectarlo. Lo único que quería era escapar de la terrible pesadumbre que lo acosaba.

            Una noche, recostado en su cama sin afeitar y con los ojos inyectados en sangre, decidió prender el televisor para intentar distraerse. Adormecido por el cansancio, lo atrapó una de sus recurrentes pesadillas. Una voz que, había escuchado muchas veces, pero que no identificaba a causa de su confusión, resonó en su mente. De un tiempo a esta parte lo único que lo calmaba un poco eran las hierbas que el curandero le había dado, pero cuando se le acabaron, compró en el mercado unas nuevas que no surtían efecto.

            Como la voz no dejaba de inquietarlo, decidió perseguirla porque tenía una enorme curiosidad de saber en dónde la había escuchado antes. Cuando finalmente se lanzó para atraparla, cayó con ella por un barranco mientras gritaba desesperado. Tras semejante conmoción, se despertó totalmente empapado en sudor y se incorporó con tanta rapidez que se mareó.

            Al regresar a la realidad se dio cuenta que la voz le pertenecía a un locutor de noticias muy conocido que trabajaba en el canal de televisión prácticamente desde épocas prehistóricas. Daniel suspiró aliviado sintiendo que recuperaba un poco la cordura y prestó atención a lo que se presentaba en la pantalla.

            Un hombre de aproximadamente cincuenta años fue apresado el día de ayer por la policía nacional después de una denuncia. El sospechoso, conocido como “el curandero de San Jorge”, había estado estafando a la población ofreciendo curar cualquier tipo de “espanto” o “fobia”. Al parecer el individuo utilizaba drogas obtenidas de plantas u hongos alucinógenos para convencer a sus víctimas de que tenía poderes curativos. Lamentablemente, el día de ayer unos padres de familia, quienes habían llevado a sus hijos para, supuestamente, curar sus fobias,  fueron testigos de un desenlace fatal, pues el sospechoso les había proporcionado a los pequeños hongos venenosos en lugar de alucinógenos a causa, seguramente, de una confusión. Los menores fueron llevados a urgencias con náusea, calambres estomacales, palpitaciones y dolor de cabeza. Ambos niños fallecieron y la denuncia fue puesta de inmediato. El hombre fue apresado y está actualmente bajo custodia policial. En otras noticias…

            Daniel Hernández apagó el aparato. Como había anochecido se quedó en completa oscuridad. Escuchó a la distancia la sirena de una ambulancia así como los insistentes ladridos de un perro. El estudiante de antropología social estaba tan impresionado, que no era capaz de reaccionar. Se sentía estúpido por haber dudado de su lógica, de su sentido común. Había caído en una trampa tan evidente que tenía rabia consigo mismo. ¿Cómo no se había dado cuenta de los trucos de psicología barata empleados por el curandero y los efectos de  los estupefacientes que había comido?

            Pero lo peor de todo fue que el miedo que el curandero le había quitado con su magia fraudulenta y hongos alucinógenos sí que había desaparecido, pero a costa de que lo persiguiera algo más grande y conflictivo: la vulnerabilidad, la falta de certeza, la ausencia de confianza y la duda. Ya no podía confiar en nada ni en nadie, ni siquiera en sí mismo. Eso lo atormentaría para siempre.

 

 

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