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Articulo de portada.- La Tapadera

Claudia Neira Rodas

fondojodPintoresco. Ese es el adjetivo perfecto para el pequeño pueblito. Está perdido en medio de grandes ciudades, llenas de gente y donde es difícil moverse, de un estado importante. Cuando un viajero llega, lo primero que percibe es el cambio de aire. Es como encontrar un pequeño oasis de frescura física y emocional.

Lo segundo que llama la atención son esas cuestas estrechas y empedradas que forman alegres caminos de casas, viejas y nuevas, que tienen en común su arquitectura colonial, tan típica de la zona. Muros lechosos y tejados anaranjados, balcones de hierro negro donde cuelgan flores de colores. Las paredes más hermosas están cubiertas de plantas trepadoras que le dan un toque de verde intenso que contrasta con tanta blancura

En el centro se eleva una capilla preciosa de mármol, rodeada de fuentes y de árboles frutales. Se puede llegar a ella por todas esas callejuelas encantadoras donde abundan la venta de artesanías, de recuerdos y, cómo no, de comida. La gente le grita a turistas y a paisanos lo deliciosas que están las tortillas, los tacos, los elotes, los chicharrones o las tortas.

Los habitantes son gente amable que ha entendido el verdadero sentido de lo que significa ser un anfitrión. En el camino no faltan sonrisas, invitaciones y halagos de todos los que se pasean, trabajan, conversan, tejen o cocinan. Parece que están orgullosos de conservar la agridulce sensación de tener todavía o, al menos en parte, la sangre del pueblo vencido. Lo demuestran con sus ropas, con sus platos, con sus palabras y sus rostros.

PUE_ATLIXCO_AR-md-okAllí se vive del turismo, de los gringos, de los que han ido a disfrutar de la belleza de lo rural. Lo que más se vende es lo que los extranjeros llaman “típico”, pero que en realidad está fabricado por los artesanos para encantar a todos los extraños, que son incapaces de diferenciar si algo realmente pertenece, o no, a las culturas prehispánicas. Se aprovechan de que sus visitantes desconocen lo que representan y lo que son estas culturas: sus símbolos, su importancia, su historia o lo que costaría comprar un recuerdo genuino.

Así era cada día en ese poblado, hasta que de las ciudades llegó el rumor que una enfermedad estaba matando a las personas en países lejanos y que llegaría como la peste que diezmó a sus ancestros. Nadie creía que fuera verdad, porque no era la primera catástrofe que se anunciaba y que resultaba ser una mentira. Sólo después de los primeros muertos empezaron a cuidarse, a tomar las precauciones que recomendaban las autoridades. Pero ya era tarde: los hospitales ya no tenían camas ni abasto. Los casos iban en aumento. El miedo a contagiarse los encerró en sus casas y la ausencia de turistas trajo hambre.

bnchPero aquel confinamiento no podía durar para siempre. Algunos estaban ya aburridos, y ese hastío se convirtió en indiferencia. Los demás ya no importaban, especialmente esa inmensa mayoría que necesitaba trabajar para poder comer. Y así, los locales comerciales se llenaron de plástico y gel, los restaurantes se vieron forzados a disminuir sus mesas y los habitantes empezaron a buscar nuevos medios de subsistencia.

Una joven muchachita cargaba una pesada canasta con el maíz que le serviría a su madre para cocinar, vender y dar de comer su familia. Avanzaba por las angostas calles del bonito y abandonado poblado. Mientras caminaba, escuchó varias conversaciones de sus vecinas. Se quejaban que no podían respirar con las mascarillas, de los peligros de ir al médico y que les saquen el líquido de la rodilla, de los chips que se inyectan a través de las vacunas y otras elaboradísimas conspiraciones del gobierno. Pero, de lo que más se quejaban, era de tener que cubrirse con semejante calor.

Curioso término: cubrir. Tapar, esconder, enterrar, ocultar. Le resultaba a ella bastante extraño que, justamente en un lugar como ese, la gente se preocuparan o se quejara

por tener que cubrir algo. En sus dieciséis años de vida había visto a esas mismas personas cubrir, tapar, esconder, enterrar y ocultar cosas espantosas. Y nadie se quejó.

Nadie se quejó cuando la hija del alcalde se casó con un famoso narco que se adueño de todo el municipio. Nadie se quejó cuando el indigente murió y el cura apenas logró reunir unos pocos pesos para enterrarlo con el mínimo de dignidad. Nadie se quejó cuando los únicos dos profesores de la escuelita se fueron a la ciudad y los niños se quedaron sin estudiar por casi un año. Nadie se quejó cuando la empresa extranjera contaminó el río y cientos de personas se enfermaron. Nadie se quejó cuando cada fin de semana, cada marido salió de la cantina y golpeó hasta la inconsciencia a cada mujer en cada casa.

Y nadie se quejó cuando uno de los hijos de Don Antonio García, el viejo más rico y poderoso de la villa, la estuvo siguiendo por toda una semana, susurrando grotescas palabras disfrazadas de halagos. Como fue rechazado múltiples veces, esperó hasta las fiestas patrias para emborracharse y buscarla. Cuando la encontró, la separó de sus amigas, la arrinconó y la jaloneó de la trenza hasta la parte de atrás de la iglesia donde la arrancó la ropa, la golpeó y la dejó sangrando con las piernas temblorosas, llorando desesperada por ayuda. Nadie se quejó. Todos en aquel horrible lugar taparon, escondieron, enterraron y ocultaron el hecho. Tal vez, era por eso, que le resultaba tan curioso el término ese de cubrir.

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